EnsayoLetrasOaxaca

Una sala de lectura itinerante. Relato para reescribir el mundo.

Un día, de pronto, tuve que replantearme la existencia de la sala de lectura “Sabina Spielrein”. Cuyo objetivo inicial era atender las necesidades de lectoescritura en primera infancia en la unidad Habitacional Ricardo Flores Magón, que se encuentra en la periferia de la cd. De Oaxaca; un espacio tan cercano para mí y por lo tanto tan difícil de intervenir. De la idea, construcción e inauguración de mi tan amada primera sala de lectura, tengo mucho que contar, pero no es el caso para este relato. Justamente la naturaleza de este texto radica en su final aparente.

 El espacio, casa, donde estaba instalada la sala de lectura no era mío, no había manera de pagar una renta. Yo trabajaba como maestra de español por las mañanas y eso no daba para mucho más que un poco de pintura, hojas blancas y colores. Las cosas me rebasaban. Nunca creí que una iniciativa así tuviera que terminar por un asunto, digamos financiero. Pero estaba consciente de la necesidad de replegarme.
Me cuesta trabajo escribir sobre esto. Sobre lo que yo creí el final. Un final parcial ahora lo sé, porque solo se terminaba nuestro tiempo en ese espacio. Somos itinerantes. Somos aire y empezábamos a arrastrar las cenizas del incendio por todo, todo el territorio.

Al parecer esos primeros meses habían sido un simulacro. Porque los ojos de todos los niños que había visto, comenzaban a multiplicarse con las hojas escritas de los libros que resguardamos, que aventamos al mundo. El aire que soy empezaba a cambiar las páginas con fuerza:
¿Cómo se cierra la puerta de un incendió que nos rebasó? Ya no hay puerta.

El último martes, antes de quitar la lona, escribí una carta para Valerio, Mauricio y Andrea; los primeros en llegar y los últimos en irse. Cada uno se llevó el libro que leía todas las tardes en el espacio de lectura.

Durante lo que restó de ese año (2016) y principios del siguiente (2017), seguí dando talleres a nombre de la Sala de Lectura Sabina Spielrein. Fuimos itinerantes, como nuestra naturaleza misma. Esa siempre ha sido nuestra condición.

Los dos talleres, de esa temporada de exilio, que ocupan más espacio en mi corazón es de Lecturas adolescentes, en la Biblioteca Pública Central y el amadísimo Taller de creación literaria a.m. El primero era un taller dirigido a adolescentes interesados en promover y explorar su proceso creativo a partir de la lectura de cuatro cuentos reunidos en Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez. En cada sesión se obtenía un producto: formas, trazos, figuras, movimientos, escritos; que permitían dar un lugar a sentimientos, emociones y pensamientos, es decir el mundo interno de los jóvenes lectores. Por su parte, el Taller de creación literaria a.m. no fue una consecuencia de la sala de lectura, más bien fue quien la cobijó y me dio el impulso para pensar en un espacio específico de fomento a la lectoescritura.

-Tengo un taller- dije varias veces. -Tenemos un taller- comencé a decir a partir del primer año. -Nos reunimos-, precisaba después de los cuestionamientos sobre qué hacíamos verdaderamente los sábados por la tarde. Era algo que ocurría durante y después del preciado encuentro con mis amigos. Una sensación me inundaba siempre que rememoraba los descubrimientos, las hazañas de escritura de las que fui testigo. Yo no escribía. Para mí era un espacio de observación y estrategia. Dejé la poesía a un lado para saber que el mundo se percibe cuando escuchamos al otro y cuando eso que escuchamos nos alcanza en los actos. Yo me transformaba. Mi voz salía sin demora. Sonreía y algo dentro empezaba a acomodarse. Construí una idea peligrosa. Trascender la literatura; luchar por un espacio que no solo evocara la palabra si no que la renovara. Trascender el ego literario de ser leído para vivirnos en colectivo, querer leer al otro. Y algún día, querer que el otro también tuviera un espacio para mirar las cosas desde ahí.


Una noche, la media noche del 7 de septiembre del 2017, un sismo de 8.2 grados en la escala de Richter con epicentro en el Golfo de Tehuantepec, nos recordó que la vida es corta.

A penas y pude levantarme para salir de la casa. Pero mi susto estaba lejos de lo que a la mañana siguiente comenzó a circular en las redes sociales. En la ciudad de Oaxaca no hubo tantos daños; sin embargo, el Istmo estaba devastado. Tres meses antes, En mayo, comí y bailé. Caminé con mi mochila de viajera por las calles de regadas y caballos. Presenté por última vez mi primer libro. Cuerpo en tierra se cerró en las tibias calles de Tehuantepec. Me enamoré de ese tiempo, como uno se enamora de los días inesperados. Ese día la tierra me volvía a llamar. Volví al Istmo y vi el polvo y los escombros; el miedo y la turbulenta esperanza de vivir. Vi las heridas que con el calor se crecen, se expanden. Tenía miedo. Ahora sé que me hubiera arrepentido de quedarme en casa. Uno se acostumbra a las réplicas, a la indiferencia no.

Pese a todo y después de aquel bello simulacro, mi sueño del espacio (itinerante) de lectura, seguía de pie. Y nos íbamos al Itsmo. Una vez que las necesidades básicas habían sido medianamente atendidas en esas comunidades (que fueron muchísimas), era necesario sanar y acompañar corazones. Y mis vendas favoritas siempre han sido los libros. La escritura mi antibiótico por excelencia.

Muchos se solidarizaron y llenaron la cajuela del Tsuru con cartulinas, plastilina, rompecabezas, colores, mandalas, juguetes y libros. Luis y Binisa vinieron también. Llegamos a media noche a Juchitán. Del tres al nueve de octubre, el espacio itinerante recorrió los albergues, no todos por supuesto, pero si los que nuestras manos y capacidad pudieron encontrar.


Empezamos en la séptima sección, los vecinos nos ayudaron a colocar una lona y armamos nuestro espacio de urgencias, urgencias creativas. Vistamos también un campamento en la carretera a xhadani, recuerdo bien que fue un gran reto: llegaron muchísimos niños. Pensé ¿qué puedo darles? ¿en realidad esto sirve? Pero no hubo tiempo de más preguntas, empezamos a trabajar. Había un área donde las mamás coloreaban mandalas. Ese objetivo de atender a la primera infancia, idea inicial de la sala de lectura en la unidad habitacional, quedó desfasado o siendo optimistas, superado.

Avanzábamos en el auto rumbo a Ciudad Ixtepec. A mitad del camino una profunda tristeza me abrazó, aquel pequeño pueblo, antes de llegar a nuestro destino, era Ixtaltepec y estaba destruido casi en su totalidad. Empezaba a llover. Y las lonas de los albergues se movía con indiferencia. Teníamos que quedarnos ahí. Era una cocina comunitaria constituida por una mesa grande de madera, algunas sillas de plástico y un fogón. Eso era todo. Y en ella dormían, comían y se acompañaban más de cinco familias. Sacamos la plastilina y comenzamos a armar historias. Un anciano que parecía serio tomó la iniciativa. Luego uno de los niños nos contó la historia de un lugar donde de pronto todo se movía y el miedo se apoderaba de los habitantes.

Nunca nos faltó de comer. Por la noche nos ofrecieron un lugarcito junto a ellos, por supuesto nos quedamos. Conté cuentos antes de dormir. Los niños estaban atentos y sonreían. Sentí ese fuego que había dejado en la unidad habitacional, ese incendio con final parcial. El aire soplaba fuerte. La tierra se seguía moviendo, acompañada del rugido de las montañas y el terror de las señoras que hace días no podían conciliar el sueño.

Llegamos a Ciudad Ixtepec al día siguiente, y ahí tuve la fortuna de apoyar con material y experiencia, espacios/albergues que ya tenían la intención de trabajar con los niños. Recuerdo muy bien que esa noche que pasamos ahí una señora se puso en contacto conmigo. Vio en la página de Facebook que habíamos estado trabajando con un albergue familiar cerca de su barrio y quería que fuéramos a su casa al otro día. Inauguramos ese espacio en la banqueta que correspondía a su casa, un espacio que se mantuvo como referente para que grupos de teatro y demás personas que querían compartir se sumaran al trabajo.

Se acababan las fuerzas, la gasolina, el material y, en oposición, incrementaba la necesidad, el amor, la gratitud. Nunca imaginé que mi concepto de “espacio de lectura”, tuviera que ser puesto en duda cuando un día, de repente, ya no teníamos un techo donde poner los libros, donde invitar a los niños a pasar. Ya no había espacio o sala. Solo estaba la lectura ampliada de un mundo que necesita reescribirse.

Brenda Contreras Cruz

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